sábado, 20 de abril de 2019

INSOMNIO


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Mis insomnios son bastante placenteros. Me armo de paciencia y me dedico a arreglar el mundo hasta que caigo agotada. Me niego a tomar la media pastilla para dormir que me recetaron hace ya un año, pero esta pasada noche, sobre las tres de la mañana, claudiqué. Cuando volvía de mi pequeño botiquín se me ocurrió mirar al techo y vi una araña con su tela enredada en la lámpara  a la que le adiviné hasta los ojos. Todo un problema porque, ¿qué podía hacer? ¿cómo había entrado? Misterio, pero allí estaba y soy algo alérgica.
Mis jóvenes vecinos del piso de arriba, de educación irlandesa por parte de padre, como cada vez que sus progenitores se ausentan, reúnen a los amigos, juegan a las cartas y cantan. Esta vez empezaron a hacerlo con lo que creí que eran saetas –son piadosos ellos– pero si era así, después cambiaron al Nino Bravo más  romántico y desde ese sentimiento, se lanzaron al folklore de la Irlanda profunda como si jalearan una danza celta con algo de taconeo incluido. Sin gaitas, claro, pero con unas vozarronas ajustadas a su edad y a los casi dos metros que miden todos los de esa reunión que temí por el despertar de la araña ya que por oído, vibraciones o corriente de aire, se movía nerviosa y yo me iba a dormir, seguro. Aquí el problema. ¿Le echaba un spray antes de dormirme? ¿Rompía con el plumero su tela? ¿Cómo la localizaría en ambos casos cuando cayera? Metida en la cama, me vi a mi misma como esos dibujos de Forges en el que está un individuo, boca arriba, con la narizota y cuatro dedos asomando por el embozo con los ojos de plato y sin párpados.
Mis hijos se enfadarán si me leen porque no quieren que me suba sola a las alturas, pero cogí una escalera de mano, dos trapos, trepé con ellos en cada mano y enganché al animalito en el mejor aplauso de mi vida. Después, los puse en agua por si la otra se resistía al palmoteo y me acosté tranquila. Eran ya las cuatro y pico de la mañana.

miércoles, 10 de abril de 2019

MNEROS EN LA UNIÓN



         
Ando repasando el historial de mi bisabuelo, guardia civil, y confieso que me ha enternecido. Con solo 22 años, recién casado y esperando un bebé, fue destinado a El Garbanzal, cerca de La Unión de Cartagena para prestar servicio de apaciguamiento –si así puede llamarse– entre la gente de las minas que se había puesto poco menos que en pie de guerra frente a los dueños o patrones. La vida de aquellas gentes era dura porque, a la escasez de medios para realizar digna y eficazmente su trabajo, se unía la mala alimentación, el poco descanso y la falta de conocimiento en los riesgos que se corrían. Pasaba lo peor de vez en cuando. La falta de resignación se hacía notable y la desesperación ante un porvenir incierto y penoso acababa por desbordar a la gente que cargaba día a día con su penosa labor y solo cuando se presentaba algún accidente, saltaba la chispa de la lucha sin medida, sin horizonte por no tener nada que perder ni ganar.

El bisabuelo conoció a los "gavia", niños de no más allá de ocho o nueve años, menudos para esa edad, que eran requeridos para poder emplearlos en las galerías y cuevas más estrechas y poder  así arrancar el mineral allí donde un hombre hecho y derecho, no podía entrar por delgado que estuviera.

No sé la labor de apaciguamiento cómo sería. No sé cómo era el comportamiento de los revoltosos. No sé el porqué unos y otros salían heridos. No sé qué hacían los dueños de las minas. Mi joven bisabuelo por entonces, nada aclaraba, pero contaba que lloraba y mucho. La vista de unos niños escuálidos con capazos cargados a sus delicadas espaldas, le desvelaba lo poco que podía dormir y la noche del 17 de abril de 1874, pidió a su superior que aquello que se veía era toda una injusticia que no debía tolerarse....

Allí está, en su historial y, apoyado por sus superiores, se abandonó el servicio de protección después de hacer constar que la injusticia se paseaba de la mano del abuso explotando a niños pequeños.

martes, 1 de enero de 2019

UN AÑO MAS



Un año más. Dentro de nada, en abril, será mi nuevo cumpleaños y el tiempo va que vuela, tirando del manido tópico. No me preocupa. Tengo visto que el fin de nuestra existencia llega cuando menos lo esperas sin que la edad tenga nada que ver aunque las probabilidades de marcharse sean de una forma lógica cuanto mayor eres, pero es igual. De momento, lo que resulta más curioso y hasta terrible, es observar cómo mi abuela Carmen tenía razón y, como lectora impenitente, un buen día se enteró por una hojita del calendario del Corazón de Jesús que a las personas sin distinción de razas o sexo, y a partir de los cincuenta años, nos  crecen los pies, las manos, las orejas y, lo que es peor, la nariz. Si, si…Es cuestión de observarse y darnos cuenta que de un treinta y seis que gastábamos como número de pie, pasamos al treinta y ocho, si no más. Está avalado por los jesuitas, tan estudiosos y sabihondos ellos. Como para quedarse mucho tiempo por esta vida luciendo nariz y orejas descomunales. –“No, es que se me ha descolgado algo el lóbulo por usar pendientes grandes…” Justificación tonta, amigos.
Terrible querer usar los zapatitos como de Cenicienta que reencontramos en el zapatero y que costaron una pasta, reservados para bodas y eventos extras. Nada, no entran. Menos mal que la nariz va despacio, pero…las orejas. ¡Ay esas orejas tan monas y bien esculpidas! Las mismas que te gustaba lucir recogiéndote el pelo en un moño zorongo alto y feo sabiendo que allí estaban ellas, prestas a que el apuesto confidente se acercara y se quedase prendado de aquellas miniaturas. Todas nosotras con el pelo recogido luciéndolas…
Mis hijas, siempre salen por donde pueden ante algunas de  mis reflexiones:
–Mamá, vuelves a estar “eutrapélica”
Venga, queridos ex alumnos, echad mano de Google y buscad la  palabra EUTRAPELIA. (Nunca dejaré de ser maestra)





sábado, 15 de septiembre de 2018

NIEBLA EN EL ESPEJO


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                                             Espejito del río
¿dónde llevaste mi cara
que se fue burlando al tiempo
entre los rizos del agua?

Alba de mil recuerdos,
dame tus alas de escarcha
para volar sobre el río
al espejo de mi infancia
escondido en las espumas
de la ilusión y la magia.

Espejito del río, 
cristal donde me miraba
¿dónde guardas prisionera
la tersura de mi cara?

                                              



                                              

                                             

jueves, 30 de agosto de 2018

VUELVO...

Estoy mejor. La conformidad ante lo que no tiene remedio, es una ayuda más que eficaz para seguir subiendo escalones aunque formen parte de una escalera imaginaria cada vez más angosta que la niebla difumina, pero hay que subir y el esfuerzo es compañero indispensable para llegar. Yo me esfuerzo y noto a mi lado el soplo del aliento de quien tanto amé. Me escucha y me ayuda a seguir los peldaños y estoy convencida de que el final de la escalera, la meta,  estará llena de luz y gozaré con sus destellos. Y noto que me empuja y cómo desea que llegue.

martes, 20 de febrero de 2018

PREGUNTAS SIN CASI RESPUESTA








PREGUNTAS ILÓGICAS

¿Por qué la desazón constante?
¿En realidad es tan larga la escalera?
¿Hace tanto frío?
¿Pasan las horas cada sesenta minutos?
¿Es necesario levantarse de la cama?
¿En realidad es necesario comer cada día?
¿Qué dicen los que están hablando?
¿Por qué se oye el silencio?
¿Importa mucho tener la razón siempre?
¿De qué te sirve esmerarte en comer sano?
¿Y la prisa? ¿No es importante llegar?
¿Por qué nos privamos de gritar?
¿Le importas a la gente algo?
¿Que más da ir descalzo o calzado?
¿Y por qué el empeño de querer entender?

La escalera, siempre es interminable.
Los escalones son demasiado altos y cansan.
Y la desazón no se desplaza, no se desliza, ni se mueve
Se queda como un inquilino moroso.



lunes, 22 de enero de 2018

DOLOR


Dice mi hijo que el dolor anímico, el sufrimiento, es como una gota de aceite sobre la superficie del agua. Allí está: compacta y dominante. Si te propones que se diluya y la agitas, la gota  se divide en otras muchas más pequeñas que a veces parece que vayan a perderse abrazándose aquí y allá en el imaginario recipiente que contiene el agua  para camuflarse en la claridad de ella.  Se mueven en el grasiento baile para hacernos creer que han menguado y con ellas el sufrimiento simplificado con  la emulsión.


Basta con dejar reposar la mezcla y el aceite va poco a poco buscando de nuevo su primitiva situación de gota grande y espesa. El dolor solo estaba diluido y parecía menor.  

Perlas del Segura