Ya estan otra vez las Fallas aquí.Valencia se ha vuelto a vestir de gran fiesta y se va viendo algún monumento que otro tomando forma con sus colosales esculturas de cartón-piedra y madera.
Todo se ha llenado de gente que va y viene y las calles se han impregnado con el olor que desprende el aceite requemado donde se doran los churros y los buñuelos, tan típicos en estas fechas para degustar en plena calle mojados en el chocolate.
El ambiente es fenomenal en esta Babel que todos los años se forma por aquí. De los visitantes que más se ven, japoneses. Van con unas máquinas de fotos extraordinarias sacando con ellas todo lo que les choca.
Otros incondicionales a la fiesta fallera, los italianos. Muchos italianos y luego, de toda Europa y algún que otro americano. Todos felices, unos abrigados creyendo que están en su país y otros tan veraniegos por la propaganda que les hacen, que van como disfrazados, con sandalias, sin calcetines, camisetas sin mangas y luego, tienen que ponerse para abrigarse en las noches, lo que pueden comprar en puestos ocasionales de mercadillo por culpa del fresco airecillo de marzo que no hay que olvidar.
Pero aunque la diversión y la actividad es mucha, hay cosas que el que llega por aquí, no acaba de digerir: la pólvora. Yo, la primera. Siempre me asusto con los petardazos imprevistos a mi alrededor y siempre acabo imitando al bueno de Obélix diciendo :"¡Están locos estos valencianos...!

La pólvora aquí suena más fuerte que en todas partes y, ¡vaya si conozco mundo! Ellos se vanaglorian de eso. Son los críticos más duros, exigentes y entendidos en lo que a petardos, cohetes, tracas y castillos que he visto nunca.
En las "mascletás", ese ruido tremendo que se organiza cada día en Valecia capital y en todos los pueblos de esta zona, a base de los disparos de pólvora seca hay mucha gente que se emociona.
Hoy me he acercado yo, porque siempre dejo a los míos que vayan solos mientras doy los últimos toques a la comida. Lo he hecho, primero porque siempre presencio desde una distancia prudente, (mis hijos y mi marido, la oyen y ven en primera fila) alguna mascletá antes de San José y, segundo, porque me llaman cobardica y...lo soy. Luego, en el día grande, también me acerco al cauce nuevo del Turia y veo algún castillo que otro sobre todo los de luz y música.
Siempre me tapo los oídos, hoy también y eso ha dado pie a que algunos me imitaran, sobretodo, algún extranjero que otro. Dicen que es malo hacerlo y que es mejor abrir la boca. Yo hago las dos cosas y con eso, no me libro de que el ruido, se me refleje en el estómago como si estuviera haciendo una digestión exterior. El corazón, te late tan fuerte, que en mí, siempre acaba con una taquicardia, que después da paso a una extrasístole, que parece que me voy a quedar allí tiesa, muerta.
El suelo, tiembla y también lo hacen las farolas, casi imperceptiblemente, pero si apoyas la mano en ellas, es como si te diera un calambre eléctrico. El humo, lo envuelve todo. Casi sin darme cuenta, me he puesto a mirar por dónde podía escapar, venido el caso, y solo he visto un mar de miles de cabezas. Imposible moverte un metro más allá de tu sitio. Un grupo de señoras de habla inglesa, se ha puesto nerviosas y retrocedían con el riesgo de aplastarme con sus estaturas imponentes. A cada golpetazo de pólvora, el susurro de admiración de los más entregados al espectáculo...
Delante de mí, se había colocado un chico imponente, guapo, de ojos verdes y con pestañas como abanicos que al principio, había causado admiración a unas jóvenes vecinas. Él sabía de esa admiración que estaba despertando y las ha ignorado mientras se acariciaba un potente biceps que asomaba debajo de su manga corta. Yo pensé para mí:
-"Como no seas valenciano, mocetón, te vas a enterar..."

Justo. Esto hay que mamarlo, como mis hijos, que dicen los insensatos, que tenía que haber un perfume con olor a pólvora...¡Pobre muchacho...! Al disparo de las últimas cargas, ya estaba algo descompuesto. Ya no me parecía tan alto o se había encogido...Las pestañas, ya no aleteaban...Con la mano puesta en el pecho como sujetando su corazón , se arrimó a las muchachas que antes había ignorado buscando algo de refugio y acabó como yo, tapándose los oídos y abriendo la boca con el más grande de los descaros en la imitación...Luego, cuando acabó todo ese enorme ruido, cuando casi todos estaban emocionados y hasta con lágrimas en los ojos, lo ví cómo se mezclaba rápidamente entre la muchedumbre, derecho a uno de los numerosos urinarios que se montan siempre por estas fechas en esta ciudad...¡Pobre...!
De todas formas, si os acercáis estoy segura de
que quedaréis encantados...Pero a mí, todavía me tiemblan las piernas.
Feliz Pascua a tod@s y ruidosos besos de chocolate y buñuelos...







