Me acuerdo con mucho gusto de un pequeño librito en el colegio sobre urbanidad que nos iniciaba a mis compañeras y a mí en el arte de saber cómo comportarse en la vida. Para completar la educación que nuestros padres se esforzaban que adquiriésemos, en una palabra.
A través de dos protagonistas, Anita –la niña a seguir como modelo– (la otra era Leticia, un auténtico desastre) aprendíamos a poner una mesa debidamente: la colocación de los cubiertos y su uso, las servilletas, el pan y hasta el lugar en que debían sentarse unos invitados a ella atendiendo a su categoría, edad o parentesco.
Anita no mordía nunca el pan y solo partía el trozo que podía meterse en la boca. No “se pasaba” en el uso del cuchillo y el tenedor porque las cosas de poca consistencia como las tortillas, el huevo frito y más, no necesitaban ni necesitan de cuchillo.
Otro apartado era lo de ocupar asientos, las entradas y salidas de un recinto, ceder una derecha o el centro al más caracterizado en un paseo o bajarse de una acera por el mismo motivo si la cosa se presentaba.
Luego, estaban los saludos. Complicado. Ahora, con un suave choque de mejillas y a veces el ruidito sordo de un falso beso, el saludo queda de lo más sencillo y hasta afectivo. Antes, no. Nada de besos al varón.
Si eras una chica joven, casada, prometida, de mediana edad o mayor, el protocolo era distinto. Ni pensar que un chico alargase la mano a la señora casada o mayor si ésta no iniciaba el ademán. El otro se inclinaría un poco hacia la señora que le adelantaba el brazo hasta estrechar esa benévola mano y que a veces estaba enguantada.
Entre jóvenes daba igual quien alargase la mano primero y era curioso cómo una vez entrelazadas, subían y bajaban tres o cuatro veces como si con eso adornase el encuentro de los presentados o ya conocidos.
Se nos hacía saber que el estrechar las manos debía hacerse con generosidad. Nada de dar una mano blandengue o con punta de dedos. No estaba bien. Había que apretar cálidamente y transmitir con eso un protocolario afecto que quedaba muy rebién…
A propósito... A propósito de estos saludos es donde quería yo llegar…Pero es mucho para una entrada de blog. Ya sigo en otro momento que luego me “enrollo” demasiado.







