
-Entonces…siguió preguntando la tía Sabina- ¿no es un Santo canonizado? ¿Es santo porque sí…? ¿Y nació un niño?... ¡qué raro!
Todas notaron que aquella historia encerraba algo de misterio. O quizás no tanto. No entendían mucho de canonizaciones el resto de las sirvientas y en el interior de alguna de ellas, nació un incondicional apego a aquel santo desnudo total, cachas por supuesto, con una protectora un poco vivales a todas luces y que tenía una historia con final tan triste.
-El gozo de hogaño, no es el de antaño...-refraneó María.
-¿A qué gozo te refieres María?- preguntó algo divertida Consuelito.
-Ya ves...-le respondió la cocinera.
-Pues qué bonico estaría corriendo en pelotas por el monte y arrastrando la cabra, porque digo yo que se llevaría la cabra… ¿o no?
Así acabó de pensar en voz alta Ana, la fortunera, porque en ese momento, dio tal trueno que se santiguaron a la vez sin ponerse de acuerdo mientras se oía entre el ruido de la lluvia las distintas oraciones:
-¡Santa Bárbara bendita, que en la Cruz estás escrita…! ¡San Veroncio, mártir…! ¡Ánimas Santas…!... Santo Rosario…
-Pues a mí me gustaría saber qué fue de la cabra - insistió la otra – porque siempre lo paga el que menos culpa tiene...
-Calla y reza, Anica...Calla y reza, que falta nos hace...Acabó diciendo María.
(De mi novela inédita La Casa del Canónigo)