
Ya que nombré a mis hermanos, he de decir que desaparecieron pronto de mi vida infantil. Los pobres fueron internados en un colegio para huérfanos dignos de las novelas de Charles Dickens y yo me quedé enfermiza, triste y sola con mi madre y su tristeza de viuda joven, sin las historias fantásticas de mi hermano mayor y sin la complicidad de mi segundo hermano.
Mi abuela me obligaba a leer para evitar mi aburrimiento. A ella debo el que me gustase la poesía y aprendiera a declamar bien pronto, pero en cuanto podía, me escapaba a casa de mis tías maternas donde mi dulce tía Chon, soltera, una de las mujeres más buenas que he conocido, tenía para entretenernos a mis primos y a mí otro tipo de diversión: sus cuentos...Cuentos de pedagogía dudosa que jamás he repetido a mis hijos, a cual más tétrico y que hicieron que aún hoy, me asuste la oscuridad, las tormentas y la soledad de las casas viejas. He aquí una muestra, abreviando lo que pueda, cosa que ella no hacía:
Era una vez una madre y su hija que, hartas de pasar hambre, decidieron ir al cementerio y cortar un pedazo de pierna al último muerto, todavía "fresquito" sin olor ni gusanos, para poder comer y sobrevivir.
-Madre -advirtió la hija- Yo creo que eso no está bien.
-Más vale comer que bondad, hija mía. ( No sé si eso era muy edificante)
Y de madrugada, se adentraron en las penumbras del cementerio y cortaron a un difunto un "piacico" de pierna, se dieron un festín cocinando aquella carne con ajos tiernos, ñoras, y tomate y se fueron por la noche a la cama muy satisfechas.
Pero, al dar las doce de la noche, unos aldabonazos en la puerta de entrada, las despertó.
-¡Ay, mamá mía...! ¿Quién será?
-Cállate, hija que quien sea, ya se irá.
Una voz cavernosa y hueca (como la que ponía la tía Chon) se dejó oír.
-¡Mariaaa...! ¡Dame la "pata" que es mía, que subo por el primer escalón.
- ¡Ay, mamá mía...! ¿quién será?
-Cállate, hija mía, mía, que ya se irá -decía la madre diciendo un "mía" más de la cuenta.
-¡¡Noooo!!...¡¡No me vooooy!! ¡¡ Por el segundo escalón estooooyyyy...!!
-¡Ay, mamá mía, mía, mía...!¿quién será? - volvía a preguntar la hija poniéndose pesada también con el "mía" en boca de mi macabra tía Chon. De nuevo con su voz ronca, transformada, haciendo de ventrílocua y narradora psicodélica, ella seguía inmisericorde ante nuestras caras de susto tremendo: -¡¡María, voy por el sextooo... por el séptimooo escalónnn...!!
El cuento, machacón y pesado con el muerto reclamando su trozo de pierna a las infortunadas caníbales, subía de tono cada vez más inquietante a medida que ascendía por los escalones de la escalera interminable de la casa. Mi tía ponía los ojos en blanco...Balbuceaba cada vez que las mujeres hablaban y, en un momento dado...¡¡plaf!! : daba una enorme palmada y con un grito decía :-¡¡¡María, que te cooomooo!!!
Sin palabras. La primera vez casi me muero de susto después de esperar veinte escalones y mi prima Asunción, la misma que tantas veces ha salido por aquí, se orinó de la tremenda impresión.