Amigos, me desconcierto. Hace unos meses recibí un e-mail en el que me explicaban lo malo que es el aspartamo para el organismo. Bueno, pues dejé de tomar sacarina, que a veces lleva esa química en su composición aunque la mayoría de las veces, no es así.
¿Por qué dejé de tomar azúcar? Pues porque se nos dice que es hidrato de carbono, engrosa nuestras venas, tú engordas y encima te puedes hacer diabético. Me pasé a la sacarina que me resultó tan dulzarrona, que me costó acostumbrarme. Pero ya, con eso del aspartamo, que no sé qué es y que suena a guerrero griego, también abandoné y me tomo el café sin nada. Amargo total. Lo saboreo, lo paladeo, me deleito en su aroma mientras cierro los ojos y me transporto a un cielo de cafetales mecidos por un viento suave...
El café -leí en un nuevo mail- es fuente de vida: activa el ritmo cardíaco a los que lo tenemos remolón y perezoso, taquicardia arriba o abajo...Estimula el apetito...Provoca actividad alegre...
Pero ayer...¡Ay, ayer...! Resulta que vuelvo a recibir un nuevo correo: nada de café. Puede provocar extra-sístoles. Ennegrece el intestino (claro, no lo iba a poner blanco). Acelera el pulso. Puede producir imsomnio y...¡disminuye el apetito! ¿En qué quedamos, primo?
Ya no sé qué pensar, pero he vuelto a la sacarina y cuando me apetece, al azúcar y me tomo cada café, descafeinado, eso sí, que se puede cortar con cuchillo y tenedor. Porque me gusta y me da buen humor.