lunes, 12 de marzo de 2012

EL PROFESOR DE HISTORIA DEL ARTE

Era mi profesor de historia del arte y llamaba la atención con aquel porte de caballero escapado de los años veinte. Aunque yo lo veía mayor, no debía llegar a la cincuentena. Ayer lo vi. Ahora parece con algo menos de estatura pero no bajo; sigue delgado. Su pelo es abundante y muy blanco y lo lleva perfectamente arreglado. Visto por detrás, nadie diría que es tan mayor si no fuera porque sus piernas se notan titubeantes y va acompañado por un muchacho sudamericano que le debe acompañar por seguridad en sus paseos. Sigue siendo un hombre con el más señorial de los portes.
Es curioso lo que puede cambiar los rasgos físicos el paso del tiempo en las personas, y sin embargo no lo hace la mayoría de las veces en los hábitos que tiene cada cual y que acompañan casi siempre. Es el caso de este veterano profesor que nunca pudo pasar desapercibido dentro de la naturalidad y compostura que entendemos por elegancia.
Lo tenía todo. Vestía de chaqueta y corbata combinadas con distintos pantalones o con traje pero, eso sí, la pulcritud saltaba a primera vista en todos los casos y como si estrenase las prendas. Aunque algún día se decidía a lucir un jersey, se pusiera lo que se pusiera iba como un modelo de escaparate. La raya de sus pantalones parecía almidonada y se deformaba solo lo justo. A sus zapatos, brillantísimos, el polvo no parecía existir para ellos...Ni el barro, ni la lluvia...

Creo recordar que era marzo del 72. Se había montado una y de las gordas en la universidad, que daba miedo, literalmente hablando, porque con aquellos últimos años del franquismo todo estaba en efervescencia y el mundo estudiantil más espumoso que ninguno. Yo ya trabajaba pero como aún no tenía hijos, aproveché para matricularme en filosofía y letras en los tiempos en los que se hacía dos años de estudios comunes para luego elegir la especialidad y allí, tuve la oportunidad de coincidir con este hombre.
Salí del colegio sin saber que había lío y el autobús me dejó lejos de la que hoy es la avenida Blasco Ibáñez e insensata de mí, me adentré andando en lo que era el foco de las revueltas sin que me lo propusiera. La policía, "los grises", iban la mayoría a caballo y debían tener órdenes de que nadie entrase en las distintas facultades para evitar el vandalismo que estos casos genera. Como siempre, desconocidos y que de estudiantes no tenían nada, lanzaban piedras y ladrillos desde la Facultad de Medicina, que estaba en reformas, hasta la de Derecho, cruzando ese enorme espacio del paseo con tal fuerza, que si me da alguno de esos ladrillos, ahora no estoy contando esto. Angustioso. Corrí hasta una puerta lateral de mi facultad pero cuando llegué contra corriente, estaba cerrada y alguien me empujó, me caí y me di de lleno con la cara en la pared. Un policía me ordenó que me levantara y me pidió el carnet de estudiante pero...ni lo encontré ni llevaba encima el de identidad... Entonces fue cuando se abrió esa puerta y allí apareció el profesor de Arte.
-Es estudiante -dijo al policía- La estaba esperando...Mintió descaradamente para sacarme del apuro y rescatarme. Y sin más, me pasó al interior con un tirón de brazo y aquel reducido espacio al que me llevó, me pareció el cielo. Una treintena de compañeros entre chicos y chicas, habíamos llegado allí a refugiarnos en un aula de material que olía a papel y tinta. Una monja, novicia, a la que también he vuelto a ver después, lloraba y yo, me echaba mano a la cara que me dolía y donde después lucí un hermoso color púrpura como recuerdo de la aventura. El profesor, mojó su blanquísimo pañuelo en agua y me lo dejó para que lo mantuviese en la cara y que el dolor se me calmara y a la novicia, presa de un ataque de nervios, la abrazó con cariño y quiero creer que fue el abrazo más tierno y único que la monjita recibió de un caballero.
Lo que más me dolía a mí más que el pómulo, era acordarme de mi madre y mi marido que no sabían dónde paraba...¡Ay, los teléfonos móviles...!
Volví a casa a las tres de la mañana poco más o menos. Mi marido, aparentando templanza de nervios. Mi madre con los ojos rojos como amapolas ajadas.
-¿Sabes?- le dije a mi marido poco después cuando también me tenía abrazada. Hoy muchas nos hemos enamorado del profesor de arte.
-¿Sí? ¿Y cuántos años tiene mi oponente...?
-Alrededor de cincuenta. Puede ser nuestro padre.
-Vale...Entonces se salva de que lo rete a duelo.

Luego, me peso no haber saludado al viejo profesor, haberle recordado la aventura y mirarlo frente a frente de nuevo.



14 comentarios:

Perséfone dijo...

¡Qué anécdota tan bonita!

Si los profesonres de por sí ya son para nosotros seres importantes que, a menudo, dejan una marca imborrable en nuestras vidas, entiendo que en este caso se cumple con más fuerza si cabe.

Gracias por compartirla.

Bonito blog.

Un saludo.

Perlita dijo...

Pues llegué a casa con un zapato solo y como era de tacón, me lo quité y fui todo el tiempo descalza, así que en las plantas de los pies llevaba hasta piedrecillas incrustadas. El bajo de la falda se había descosido y me colgaba más de un lado que de otro y la moradura...¡se me inflamó hasta la nariz y el ojo...!
Todo un poema.
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Ahora creo que la Real Academia de la Lengua aconseja no usar mayúsculas en esto de las distintas ciencias y especialidades...Lo intento, pero a veces no puedo . Ya me disculpareis.
Un abrazo. Carmen Sabater.

Perlita dijo...

PERSÉFONE:

Muchas gracias.. Son de esas cosas que no se olvidan nunca.
Gracias por visitarme, saludos, Carmen.

Mos dijo...

Bonita anécdota, paisana. Y un gran hombre ese profesor de Arte. (Yo aún uso las mayúsculas, ea!)

Tu marido se calmó cuando le dijiste la edad de su contrincante. Cualquiera!

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Perlita dijo...

MOS:

Ya ha llovido desde entonces, paisano, pero salud que tengamos como dicen por nuestra tierra.
He volado para escuchar tu poema de boca de ese magnífico recitador que me descubres. Enhorabuena, porque no cabe duda que lo bueno aun es mejor con los adornos.
Un abrazo.

Fernando Santos (Chana) dijo...

Bela história...Espectacular....
Cumprimentos

fus dijo...

Bonita historia, llena de recuerdos, de una època donde se vivìa a trompicones porque el regimen no querìa dejar espacio a la democracia.
Creo que deberìas de haber saludado al profesor, tal vez el pudor te hizo no hacerlo.

un abrazo

fus

Ximo Segarra "ACAPU" dijo...

Yo no viví esa época, por eso me gusta que me lo cuenten así, en primera persona y como tu sabes contar las cosas, que me quedo ahí leyendo mientras "lo vivo". Los paisajes de los que hablas los transité muchas veces unos años después, allá por los finales de los ochenta y principios de los 90.

Si lo vuelves a ver dile algo, yo creo que será una alegría para él, y también para ti conversar un momentito :)

Un abrazo Carmen

Hada Saltarina dijo...

¡Qué bonita historia y qué humanidad la de este profesor! Sí, seguro que le hubiera gustado saberse recordado; la próxima vez será...

Besos, mi amiga

Jorge del Nozal dijo...

Que bien has contado tu historia, me ha hecho trasladarme a aquellos tiempos para ayudarte junto al profesor de arte.
Gracias por tu precioso comentario en mi blog.
Un abrazo.

Nélida Martinelli dijo...

Hermoso recuerdo ¡Y qué época! En Argentina también se vivían tiempos convulsionados...
Me hizo evocar y mucho a mi vida en el 72, con situaciones parecidas.
Me encantó el relato.

La Gata Coqueta dijo...



Te deseo un intenso y placido fin de semana acunado por la armonía del descanso.

Me he paseado por el jardín del olvido y he reunido las flores más bellas que se han abierto a la luz de la esperanza para ti...

Un abrazo de azucenas
Un beso de azaleas
Esporas de amistad
Aromas de sentimientos

Cuidalas con esmero

María del Carmen



Tesa dijo...

Qué historia, Perlita. me ha encantado.

Tuve un profesor que significó mucho para mí, el Sr. Bianchini, era un dandy y un humanista que nos hablaba de la vida, de la historia, del futuro... entre lecciones áridas de dibujo geómetrico, resistencia de materiales y trigonometría. Todo olvidado ya por mí, menos sus charlas y consejos.

Me hubiera encantado encontrarle y mostrarle a mi marido, grandote como él me predijo, "porque señorita, usted es perfecta para los tipos armarios, los flacos y de maneras languidas no serán nunca su tipo, aunque ahora crea que sí, usted les espanta"


Así que la próxima vez que veas a tu profe, acércate y recuérdale esa maravillosa anécdota que nos has contado con tu ingenio de siempre.

Un abrazo,

Darwin Bruno dijo...

Interesante historia. Muy encantador tu blog. Un gusto visitarte. Te envío un cordial saludo deseándote un buen día. Gracias por tus comentarios.Que tengas un lindo día.

Perlas del Segura